Toda la vida escuchando el mito del torero y la tonadillera, de las hembras de raza que cantan coplas al macho ibérico, y ahora resulta que lo que les va a nuestras folclóricas es meterse mano por debajo de la bata de cola.España, esa gran nación de naciones, se ha convertido de pronto en un reducto de la isla de Lesbos en versión cañí. El Marinero de Luces ha resultado ser una sirena.
Desde que Jorge Javier Vázquez abrió el baúl de la Piquer, que es más grande que cualquier armario de Chueca, aquí salen gays hasta de debajo de las peinetas, quién nos iba a decir que nuestra Estrellita Castro fuera capaz de venderle la honra a una condesa a cambio de un anillo de diamantes. Porque lo del bigotillo de la Pantoja podría colar como una promesa a la Virgen del Rocío, pero lo del tijeretazo de Estrellita Castro... ¡Eso ya es vicio!
Y que decir de la Faraona, que nos vendió la imagen de icono del régimen y esposa devota y resulta que el Pescailla lucía más cuernos que el toro de Osborne, tanta rumba catalana y al final lo que tenía el hombre en casa era un culebrón venezolano.
Sólo falta que nos digan que Paquito el chocolatero, la canción que tanto ha animado nuestras verbenas, es en realidad una apología del hachis, y no sería tan raro teniendo en cuenta que Joselito, el pequeño ruiseñor resultó ser el gran camello.
Si es que ya nos lo avisó Almodovar, ese gran defensor del kitsch hispano, cuando en Todo sobre mi madre soltó por boca de Cecilia Roth aquello de que todas las mujeres somos algo bolleras, a ver por qué nuestras folclóricas iban a ser una excepción. Por lo menos que todo este revuelo de orgías sáficas y castañuelas sirva para volver a poner de moda la Copla, tan denostada en estos tiempos del reggaeton.
Desde "La Gran Coplera" queremos rendierle homenaje a todas las folclóricas lesbianas de ayer y hoy, que tanto entretenimiento nos han dado con sus escarceos sexuales y sus buenas noches de pasión (reales o ficticias).





